¿Queremos a los demás o a nosotros?

Desde hace siglos, esta pregunta acerca del egoísmo y el amor, su alcance y límites, ha sido recurrente en los campos de la filosofía, la psicología y otras ciencias sociales. Por su parte, la psicología ha dado una doble respuesta al hecho de que, explícitamente, preferimos el amor hacia los demás pero, implícitamente, el amor hacia nosotros mismos prevalece. Esto es así debido a que mostrar cariño hacia los demás enriquece las relaciones interpersonales, y esto supone una enorme ventaja evolutiva. Por otra parte, la auto-preferencia facilita las conductas automáticas de preservación, que suponen también una gran ventaja evolutiva en situaciones de vida o muerte.

Histórica y socialmente, se han considerado las conductas de auto-preferencia como “malas”, mientras las conductas de preferencia por los demás han sido las “buenas”. Sin embargo, la psicología actual da una solución a esta aparente dicotomía en el comportamiento humano: las conductas de auto-preferencia son automáticas, de tipo impulsivo y espontáneo, mientras que las conductas de preferencia por los demás son conscientes, reflexivas y basadas en el razonamiento.

Este hecho nos conduce a plantearnos dos nuevas cuestiones: ¿son las conductas de auto-preferencia más prevalentes que las conductas de preferencia por los demás? y además ¿son las conductas de auto-preferencia más prevalentes que las conductas de preferencia por los demás en el nivel implícito? El Modelo de Auto-preferencia Disociativo tiene las respuestas a ambas preguntas.

La conclusión es que ambos tipos de conductas se producen paralelamente en los niveles explícito e implícito, puesto que las dos suponen grandes ventajas evolutivas para la supervivencia. Y, en última instancia, la auto-preservación prevalece sobre el amor a los demás, incluso a la persona más querida, aunque prefiramos creer y convencernos de justo lo contrario.

Desde la perspectiva de la psicología positiva actual, estos modelos de conducta no solo son perfectamente compatibles, sino incluso deseables. Expliquémonos más claramente: es imposible amar a los demás de forma saludable sin amarnos antes a nosotros mismos. Por eso, tal vez debamos concluir que la pregunta, la dicotonomía establecida desde el título esté erróneamente planteada, y el consecuente dilema epistemológico, popularmente extendido desde hace siglos, sea espúreo y un generador de malestar psicológico que nunca debió ser considerado en la forma en que ha sido asumido por las sociedades. ¿Somos intrínsecamente egoístas o podemos amar a los demás más allá de nuestro propio ego y en relación al mismo? Ambas son realidades que se solapan.

Existen múltiples pautas de conducta enfermizas, en principio motivadas por “el amor a los demás”, que desembocan en múltiples trastornos emocionales y psicológicos, derivados de aprendizajes erróneos adquiridos desde nuestra infancia temprana y una pobre comprensión de la dimensión afectiva del ser humano. Algunas de estas serían:

-Búsqueda del reconocimiento y amor de los demás como sustituto de nuestra propia valoración positiva y autoestima.

-Establecer inconscientemente relaciones conflictivas donde poder seguir representando roles aprendidos durante la infancia, consiguiendo con ello cierta sensación de control sobre el transcurso de la propia vida, a pesar de las obvias consecuencias negativas que se derivan de esta actitud.

-Caer en la dependencia emocional como forma de escapismo, de ceder la responsabilidad sobre nuestro propio destino y ligarlo a las decisiones de otra persona. Esta obsesión enfermiza es entendida por quien la padece como el “amor tal y como debe ser”, sin ser consciente de que, probablemente, esté justo en las antípodas del amor saludable.

Así pues, el camino correcto para una adecuada educación sentimental y emocional, ha de pasar forzosamente por el autoconocimiento y la valoración de nuestra propia persona, de nuestras necesidades y límites en relación a los otros, antes de poder hablar propiamente de “amor a los demás”.

Valor auto-percibido como de la pareja y autoestima: Evidencia de existencia de ocho grupos culturales

Existen numerosos estudios que han profundizado en el análisis de qué elementos buscamos cuando iniciamos una relación sentimental. Pero también resultan interesantes en aquellos que se han centrado en el factor “Valor auto-percibido como pareja”, que viene a reflejar la evaluación que hacemos de nosotros mismos en relación a lo que consideramos que podemos aportar a una relación, nuestro atractivo y capacidad real de “negociación” en dicha relación.

Desde un punto de vista evolutivo, este factor es muy importante, pues evita el desperdicio de tiempo y recursos personales al intentar emparejarnos con personas que están fuera de nuestro alcance real. En líneas generales, aquellos rasgos que maximizan las probabilidades de reproducción genética son óptimamente valorados por el sexo contrario y, por lo tanto, sirven de indicadores a la hora de elección de la pareja sexual. Así, como los hombres prefieren a mujeres con características que señalan su capacidad para engendrar y criar con éxito a sus hijos, éstas valoran en los test de valor auto-percibido como pareja su juventud, atractivo físico y estado de salud. Respecto a los hombres, las mujeres prefieren a hombres que ostenten buen estatus social o poder, indicadores de posesión de recursos que aseguren la supervivencia de la prole. Por ello, los hombres deben considerar como parte de su atractivo hacia el sexo opuesto factores tales como su poder adquisitivo, ambición y laboriosidad. También otras características ambientales entran en juego como factores a tener en cuenta a la hora de atraer y formar pareja sexual. Por ejemplo, en sociedades empobrecidas, con gran estrés ambiental, favorecen estrategias de cortejo y apareamiento a corto plazo, con baja implicación emocional. Justo la estrategia contraria preferente en sociedades con bajos niveles de estrés socio-ambiental, donde se destinan amplios recursos emocionales a las relaciones de pareja y entre padres e hijos, con lazos más estrechos.

En sociedades con una estratificación laboral muy definida, con roles y estatus monolíticos y escasa movilidad entre clases y equidad entre géneros, las mujeres suelen valorar positivamente al hombre que asegura un cierto estatus económico, mientras que los hombres valoran a la mujer como ama y gestora del hogar y sus múltiples labores.

La relación entre autoestima y el conjunto de factores que hemos analizado hasta el momento es muy estrecha, según revelan numerosos estudios. Aquellas personas que consideran que no poseen las características / estatus valorados por su sociedad para atraer a una pareja sexual, suelen tener una menor autoestima que aquellas que, por el contrario, se saben poseedoras de esas características que las hacen atractivas y populares en su sociedad.

, ,

Sin comentarios todavía.

Deja un comentario

Para evitar abusos, resuelva antes de enviar. * Time limit is exhausted. Please reload CAPTCHA.

Leer más
Importancia de la autoestima

La autoestima juega un papel fundamental tanto en el desarrollo personal de un individuo como en su relación con el...

Cerrar